Libro I · Fundamentos

La eficacia de la Escritura

La Palabra de Dios no es una letra muerta. Enseña, reprende, exhorta, consuela y amenaza, obrando por el Espíritu en el entendimiento y en los afectos. No es un ladrillo decorativo para estanterías piadosas, sino instrumento vivo para juzgar, sanar y formar al creyente.

Desarrollo

Cuando Arminio habla de la eficacia de la Escritura insiste en que la Palabra obra realmente en el ser humano. Su eficacia no es autónoma ni mágica, porque siempre debe pensarse junto con la operación del Espíritu Santo. Pero tampoco es un simple disparador preliminar que luego queda inútil.

La Escritura enseña lo verdadero y refuta el error. Exhorta al bien y reprende el mal. Consuela al contrito y aterra al soberbio. Su eficacia es a la vez formativa y judicial. Por ella el ser humano queda puesto delante del tribunal de Dios.

Esta visión evita dos extremos. De un lado, la reducción racionalista que ve la Biblia como un archivo informativo. Del otro, el entusiasmo desordenado que desprecia la letra bíblica como si todo dependiera de una supuesta voz interior superior. Arminio no compra ninguna de esas baratijas.

Claves doctrinales

Referencia de consulta

Vol. 2, Disputation X, “On the Efficacy of the Scriptures”, p. 18.

Palabras clave para el buscador

eficacia palabra Espíritu enseñanza reprensión exhortación consuelo juicio

Ruta temática · Libro I · Fundamentos